Catworking
Diez euros la hora el acompañamiento por veinticuatro horas, ¡doscientos cuarenta euros al día! ¿Vive un gato bien? Catworking, el nuevo fenómeno laboral que compite contra Glovo y Uber.
Soy un gato. Un gato de pelo largo –suelto muchísimo pelo, muchísimo pelo–, ojos grandes azules como la bolsa de pienso de marca Gosbi. Un gato gordo que duerme en el reposabrazos del sofá con bigotes largos y mirada arisca. Mi trabajo es arduo, pero bien pagado, no como cuando vivía en la anterior casa de la que me despidieron. Allí se cobraba muy poco, unos cinco euros la hora. ¡Con todo lo que hacía! Una vergüenza de sector el de los animales de compañía.
El señor de la casa está siempre ocupado. La señora se siente sola, según ella, y por eso un hombre viene cada sábado para darle mimos como ella me da mimos a mí. El señor de la casa no nos suele mimar mucho, parece que siente vergüenza de nosotras, pero, mientras nos de refugio, lo ignoramos. Hay hombres que son solo refugio, dice ella mientras pasa su mano esquelética sobre mi pelo largo, mi pelo largo marrón y largo.
Por la mañana, me despierto a la hora que desee, acurrucada en los pies de la señora, que también duerme hasta la hora que ella desee. Creo que nunca ha trabajado en su vida, y la envidio; no entiende la precariedad de las señoras de su edad. Tengo su misma edad: ocho años. En eso nos parecemos, pero yo solo la tengo a ella.
Después del desayuno, que solo sé compra en un lugar llamado Vida Salvaje, sigo durmiendo. A veces juego un poco, otras veces cazo bichos que puedan estar molestándola en el baño u en la cocina. Luego vienen las fotos para su grupo de amigas, quienes juran nunca haber visto a un espécimen como yo. Fotos con gafas de sol, con sombreritos graciosos que compra por internet, con disfraces...
Soy un gato contento, con cara arisca, pero con ronroneo intenso. Jura que le curo los dolores, los achaques que vienen de la melancolía. Me pregunto: ¿qué melancolía? Esta señora lo tiene todo. En cambio, el señor de la casa me dio una patada el otro día. Dijo que me echaría de casa, que era una vergüenza, que no era normal. La señora lloró. Agradecí su compasión, pero no lloraba por mí, sino porque sus deseos no estaban siendo satisfechos por el refugio. Es una mujer hedonista: un sofá de lujo, un amante extranjero, una gata extraña.
–¿Pero tú estás loca? María Dolores, de verdad, ¿¡tú estás loca!? Soy el hazmerreír de la empresa. ¡Te lo he dado todo! ¡Todo! ¡Hasta te dejo tener un amante somalí, hija de mi vida!
Me va a echar y me voy a quedar sin trabajo, pienso, mientras lamo una pata postrada de forma elegante sobre el sofá, intentando hacer ver que no entiendo nada.
–¿A ti no te da vergüenza tener a una señora de cincuenta años desnuda sobre el sofá haciéndose pasar por un puto gato? Voy a llamar para que te encierren y la tía esta a la calle a mendigar, que es lo que hacen las yonquis de su edad. ¡Joder!
Si yo soy un gato, mira: miau, miau, miau... Pero no me lo meto en el bolsillo. Otra vez sin trabajo.
Un relato que tenía muchas ganas de compartir. Siempre he querido ser un gato o un perro, mejor un gato porque viven mejor. ¿Y si todas nos hiciéramos pasar por gatos? Huelga gatuna. Catworking. Las condiciones laborales mejorarían. Como podéis comprobar, me encanta escribir sobre mujeres locas.




¡¡Qué barbaridad!! Me ha recordado a esa peli de terror sobre el millonario que tiene de mascota a una persona disfrazada de perro. "Good Boy", creo que se llamaba. ¡Pero esto es mucho más divertido! ¡Que vivan las mujeres locas!
Aaaah, me encanta!!