Sueños sobre sueños sobre sueños sobre
Demasiado encerrada dentro de mí misma, la verdad tiene estructura de ficción.
Tengo una clara obsesión de la que no logro deshacerme últimamente, es como morderme las uñas; una vez dejo de mordérmelas, luego vuelvo con más ansias, aunque me las pinte para crear una barrera protectora. Mi obsesión actual es acabar la novela corta que estoy escribiendo, la cual pienso mandar a concurso –por eso estoy tan loca–. didi me está ayudando con mucho cariño –si necesitáis acompañamiento con vuestros textos, ¡id a ella!– y veo algún tipo de luz al final del túnel, pero la ansiedad me carcome: ¿Y si es una completa basura? ¿Estoy haciendo que Paula pierda el tiempo? ¿Pierdo yo el tiempo? ¿Esto, de verdad, se podría considerar bueno? Supongo que es, también, porque me queda poco. Por poco quiero decir nada. Por nada quiero decir que es inminente el empezar el último paso del proceso: reescribir, corregir, observar. Observar meticulosamente, lo cual me vuelve aun-más-loca.
Tan loca que a veces tengo sueños lúcidos. Con escritoras que me gustan. No me da vergüenza admitir esto; para eso está Substack, para la locura y el desenfreno, no para la productividad y la perfección. A veces tengo sueños lúcidos con Luna Miguel, pero, normalmente, la pobre víctima de mis ensoñaciones es Marta Sanz. No creáis que en estos sueños yo quedo increíble, como una pequeña diosa soberbia que se sabe mejor que nadie. Jamás. En cambio, me gustan las ensoñaciones realistas, en las cuales quedo como una completa estúpidamente ignorante.
Aquí os dejo una que escribí el 28 de noviembre en mi bloc de notas:
He soñado, de forma lúcida, vívida –hubiese mentido para no parecer una psicópata– que Marta Sanz volvía a E. para una segunda ronda de firmas. La vitoreaban. Como no se estaba vendiendo mucho en ese momento y el stand estaba vacío, me sentaba a su lado mientras ocurría la típica charla entre bambalinas –trabajo ahí, vale, no estoy tan loca–.
N., la jefa, le diría que escribo, que soy poeta, porque siempre dice eso sobre mí, obligada a introducirme ante cualquier posible lector o trampolín hacia lectores como una agente literaria. De forma tímida, para parecer más modesta, desmiembro la expectación que nunca había tenido tanto peso como el que creía tener. Digo algo así como que no escribo tan bien como ella, que el mundo editorial, para la gente como yo, es hostil como cortar una cebolla en pos de un buen sofrito para un guiso en invierno. Te hace llorar, te nubla la vista, hay una gran pérdida de fuerzas mientras cortas, haciendo que los pedazos sean desiguales, un poco burdos. Te desesperas, sigues cortando, ya no hay pestañas que puedan pararlo: las lágrimas están por todas partes. De repente eres ciega. Logras cortar la cebolla y piensas que has hecho un gran trabajo a pesar de. No eres una gran chef, pero cocinas bien. Guisas. Guisas esperando una buena cocción de la cebolla, que no amargue, pero tampoco dulcifique demasiado. Temblando, coges la cuchara y pruebas la creación del día. Por fin. El guiso está bien, es mediocre, pero está bueno. Podrías haber cortado la puta cebolla en juliana, pero tenías la visión discapacitada por las lágrimas y la frustración. La próxima se repetirá la misma receta y el mismo resultado; es circular.
El mundo literario es como cortar cebolla. Marta Sanz se impresiona tanto que asiente en silencio. No creo que sea mujer de muchas palabras, aunque ella las ame demasiado, creo que las tiene en su cabeza, así que solo asiente en silencio.
Para demostrar su aprobación me invita a tapear en mi propia ciudad. Entonces, la alegría se apodera de mí: me ha visto. He demostrado mi valía ante la general, pienso de forma meta-onírica. Cuando salimos del edificio en búsqueda de la ensaladilla rusa perfecta, me pregunta que a dónde vamos. Me descompongo en ese mismo instante: no suelo ir por esa zona, por mucho que viva por allí, así que no tengo ni idea. No sé qué responder sin provocarme una aneurisma y ella, ante el titubeo de la novata quien creía que valía, se decepciona por haberme sobreestimado. El encanto mágico se desvanece. Sin la tapa malagueña perfecta ya no siente interés en mí y me quedo sin cumplir mis sueños en el sueño.
Vuelta a casa, con las mejillas sonrojadas de la vergüenza, me digo ahora sí que sí: a literatura es como cortar cebolla.




Tengo puestas todas mis fichas en 5 personas por las que apuesto llegarán a ser escritores de mucho reconocimiento más allá de Substack. Una de ellas eres tú, Gemma. Felicidades por esa novela.
Felicidades por ese primer borrador, que dificil es siempre! 💪🏻🥂